Por: El Guardian de los Relatos.
En Honduras, pocas leyendas son tan conocidas como la del cadejo: un ser de apariencia canina, ojos rojos como brasas encendidas y patas de cabra que estremecen a quien lo ve. Algunos dicen que fue un brujo maldito; otros, que es el mismo diablo. Pero más allá de su origen, lo cierto es que muchos aseguran haberlo visto. Esta es la historia de mi bisabuelo.
En los años 70, él vivía en La Primavera, una aldea enclavada en la cordillera del Merendón, cerca de San Pedro Sula. Trabajaba como guardia nocturno en un banco del centro, y cada madrugada emprendía a pie el largo camino de regreso a casa, por senderos de terracería, sin luz eléctrica, rodeado de maleza y silencio.
Una noche, cerca de las 2 a.m., mientras caminaba bajo la tenue luz de la luna, vio dos puntos rojos entre la maleza. Pensó que eran brasas de una fogata, pero al acercarse, las brasas se levantaron. Era un perro blanco, enorme, con ojos encendidos y pezuñas que golpeaban el suelo con un sonido seco. Clac, clac, clac.
Se detuvo, rezó, y decidió seguir caminando sin mirarlo. Aunque la leyenda dice que el cadejo blanco protege y el negro ataca, no se confió. Mantuvo el paso firme, pero alerta.
Durante todo el trayecto, el cadejo lo acompañó, como si lo escoltara. Mi bisabuelo decía que aquel animal sonaba como un costal lleno de huesos golpeándose al andar. Y justo al llegar a casa, el cadejo se detuvo, dio media vuelta y desapareció por el mismo camino por donde habian llegado.
Pero la historia con el cadejo no terminó ahí, No fue un solo encuentro, tampoco terminó de la mejor manera, pero esa historia la contaré en el siguiente post.

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